Guantánamo.¿Qué dicen los USA que pasa en Cuba?

Lo que viene más abajo, recogido de un periódico, y todo lo que se cuenta aquí es, simplemente, un crimen que debiera dar lugar a responsabilidades penales. Si esto lo hubiera hecho el régimen que gobierna el resto de su isla, no quiero ni pensar en la reacción de los medios occidentales. Pero uso mal el pasado, hay que escribirlo en presente, sigue pasando ahora, mientras lees esta entrada, ante el escandaloso silencio de la comunidad internacional.

Guantánamo, Abu Ghraib, las cárceles secretas que la CIA ha tenido -¿o hay que decir tiene? lo malo, o bueno, de ser secretas es que se ignora su existencia y cuanto allí ocurre- en el resto del planeta, incluída Europa, son responsabilidad del país que pretende impartir cursos de derechos humanos, exigir su cumplimiento como síntoma de afinidad política y sigue siendo tomado por muchos como faro que alumbra la democracia en el mundo. A mi no me sorprende la noticia no sólo porque hace tiempo que considero a los USA -junto con Israel- como un estado delincuente en la comunidad internacional sino porque no creo absolutamente nada de lo que tan enfáticamente se ha llamado la guerra contra el terrorismo, una excusa para que los USA se apoderen del petróleo que escapaba a su control, intenten someter a los regímenes díscolos, refractarios a su política depredatoria internacional -“bussines is bussines”, en esencia- e instauren, aprovechando el miedo provocado por el “atentado”, un sistema de control social que socaba los propios cimientos de la democracia y la desliza peligrosamente hacia un estado cuasi policial. Para que la historia fuera creíble había que encontrar a los verdugos del 11/S y como no los había fuera del país -fuera, he dicho- se inventaron.

El bueno de Obama, la gran esperanza negra, basó su campaña en la promesa de sacar a las tropas de Irak, cerrar Guantánamo, poner coto a Walt Street y derogar la Ley Patriótica. Toma, chico de los recados, te la dedico:

Erase una vez, en un país lejano…

“160 reclusos inocentes o poco peligrosos: EE UU encerró durante años a decenas de detenidos sin ningún vínculo con Al Qaeda

El iraní Bajtiar Bamari era traductor, y vivía en Afganistán a finales de 2001. Estados Unidos luchaba entonces en el país para derrocar al régimen talibán y tratar de encontrar a Osama Bin Laden. Se le ocurrió que podría ser una buena idea acercarse a la base norteamericana de Kandahar para ofrecer sus servicios como intérprete y guía. Se equivocó. Fue detenido y trasladado a Guantánamo el 17 de mayo de 2002, donde pasó dos años preso. No tenía ningún vínculo con Al Qaeda ni con los talibanes. Tampoco los tenía el director de escuela sudanés Al Rachid Raheem, encañonado y arrestado en su casa de Peshawar (Pakistán) cuando estaba a punto de meterse en la cama; ni Mahngur Alijan, un afgano que hacía autostop para comprar medicinas; ni el turco Ibrahim Shafir Shen, que huía de la guerra; ni Noor Ahmad, que acabó en Guantánamo por no tener dinero para pagar un soborno a la policía paquistaní después de que los agentes lo encontraran indocumentado.

Las fichas secretas del Departamento de Defensa sobre los presos de Guantánamo contienen decenas de historias similares. Hombres sin ninguna vinculación con el terrorismo islamista ni con los talibanes que fueron encerrados por razones que en ocasiones ni las propias autoridades estadounidenses conocen, como se reconoce en documentos en los que se admite su inocencia, el error cometido, y se recomienda que sean liberados o trasladados a su país de origen. A pesar de ello, algunos de los detenidos sin motivo pasaron uno, dos, tres, y hasta nueve años encarcelados.

EE UU acabó determinando que 83 presos no suponían absolutamente ningún riesgo, y de otros 77 se dice que es “improbable” que sean una amenaza para el país o sus aliados. Es decir, que al menos uno de cada cinco internos fue conducido al penal de forma arbitraria según las propias valoraciones de los militares norteamericanos. De otros 274 se considera que solo “quizá” sean un peligro, de forma que las fichas secretas demuestran que EE UU no creía seriamente en la culpabilidad o amenaza de casi el 60% de sus prisioneros, a pesar de lo cual los envió a la isla de Cuba.

El expresidente de EE UU George W. Bush abrió el campo de prisioneros el 11 de enero de 2002. En esa primera época el número de personas trasladadas a la base que no tenían el más mínimo lazo con Al Qaeda fue muy elevado. Especialmente en algunos países. En Afganistán, por ejemplo. La mitad de los afganos -el grupo mayoritario de presos, el 28% del total- fueron después calificados como de riesgo bajo o inexistente. El descontrol y la arbitrariedad, según revelan los documentos secretos, eran grandes. Se privaba de libertad aunque el prisionero no hubiera cometido delitos ni crímenes de guerra. Por si acaso sabía algo. Por si tenía un primo o un hermano en las filas de los talibanes. Por si en su pueblo vivía algún líder que interesara a la inteligencia estadounidense. Por su “conocimiento general de las rutas de ingreso en Afganistán” o del “reclutamiento forzoso talibán”, como consta en varias fichas. Las acciones concretas del detenido eran irrelevantes. En cuanto llegaban al penal todos eran calificados como combatientes enemigos aunque no hubiera indicios de que lo fueran.

Mientras EE UU luchaba contra los talibanes, estos recorrían los pueblos de Afganistán obligando a los jóvenes a unirse a sus filas. Solían pedir a cada familia que contribuyera con dinero o al menos con un hombre. Sahibjan Torjan se ofreció como voluntario para evitar el reclutamiento de su padre, pero más tarde se negó a luchar. Los talibanes lo detuvieron durante 30 días. Ni esa oposición le libró de Guantánamo. La Alianza del Norte lo capturó y los estadounidenses lo llevaron al penal el 4 de mayo de 2002. Tenía 21 años. Cuatro meses después se reconocía su inocencia en una ficha secreta: “Basándonos en la información actual, el detenido no es afiliado a Al Qaeda ni líder talibán (…) No tiene más valor de inteligencia para EE UU (…) No supone una futura amenaza para los intereses americanos”, aseveró el comandante Michael E. Dunlavey. Tardó aún seis meses en volver a su país. Jon Muhamed Barakzai también sufrió el reclutamiento forzoso. Pero no llegó a combatir. Ni siquiera recibió entrenamiento. Regresaba a su pueblo cuando fue detenido, entregado a los estadounidenses y conducido al penal. Un padre que fue a buscar a su hijo al frente, en Kandahar, también acabó en Guantánamo.

El penal ha llegado a retener a un preso inocente de 89 años en Guantánamo. Sufría además demencia senil, artritis y una depresión grave. En el complejo de casas en el que vivía unos soldados hallaron un teléfono por satélite Thuraya y una lista de números de personas “sospechosas” de ser talibanes. El anciano no sabía de quién era el teléfono ni sabía usarlo, pero fue hecho prisionero y conducido al penal. Acabó pasando con éxito la prueba del polígrafo y las autoridades estadounidenses reconocieron que no suponía peligro ni amenaza alguna para su país.

La arbitrariedad del penal no solo queda clara en las fichas en las que los militares reconocen la inocencia de un preso. La vulneración de las garantías procesales básicas se aprecia en muchas otras, en los criterios indeterminados y generales que sirven para fundamentar una detención. Los principios de humanidad y de proporcionalidad en las penas, de intervención mínima, de legalidad, no existen en Guantánamo. Sobre el afgano Osman Khan, nacido en 1950, afirman que “posiblemente” sea un miembro de los talibanes, pero que “no ha sido determinado con ninguna seguridad”. A pesar de ello lo califican como de “riesgo medio” y recomiendan que sea trasferido, pero para que continúe preso en el país de acogida. De otro recluso solo se indica que “se sospecha” de su relación con “elementos subversivos”. Un tal Mohammed Nasim aparece como interno 453. EE UU duda de que sea su verdadero nombre. No saben quién es, pero asumen que “quizá” tenga “valor de inteligencia” y “riesgo alto” y proponen que continúe en Guantánamo. “Hay distintas posibilidades sobre su identidad real”, señalan. “Entre ellas, que sea un exministro de Educación talibán”.

La presunción de inocencia no existe en Guantánamo. Es el detenido el que tiene que demostrar que no es terrorista ni talibán. No había pruebas contra el afgano Yamatollah Abdul, por ejemplo, pero se sospecha de su culpabilidad porque “cuando se le presiona para que explique su historia en detalle pone excusas y no colabora”. “Es evasivo y reticente a reconocer ciertas cosas”, afirma otra ficha. Cuando hablan sobre Khudai Dad, diagnosticado como esquizofrénico, piden que continúe encarcelado porque su testimonio tiene “escasa credibilidad”. Al lado de esta formación, un informe médico adjunto detallaba alucinaciones y episodios de psicosis aguda del enfermo. Tampoco se presentaron evidencias contra un adolescente afgano de 15 años trasladado al penal. No solo era inocente, sino que era una víctima. Antes de que el Ejército de EE UU lo hiciera prisionero, un grupo armado talibán lo había secuestrado y violado.”

Publicado en El País por Mónica Ceberio el 25/04/2011

 


 


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