Pinocho gobierna España

“–¡Muy bien! Ahora vente aquí, a mi lado, y cuéntame cómo caíste en manos de
los ladrones.
Pues fue que Tragalumbre me dio cinco monedas de oro y me dijo: “Llévaselas a
tu papa”, y en el camino me encontré una zorra y un gato, dos personas muy
buenas, que me dijeron: ¿Quieres que esas monedas se conviertan en mil o en dos
mil! Vente con nosotros y te llevaremos al Campo de los Milagros. Y yo les dije:
“Vamos”. Y ellos dijeron: “Nos detendremos un rato en la posada de El Cangrejo
Rojo, y cuando sea media noche seguiremos nuestro camino.” Cuando yo me
desperté ya no estaban allí, porque se habían marchado. Entonces yo me marché
también. Y hacía una noche tan oscura que apenas se podía andar. Y me encontré
con dos ladrones metidos en dos sacos de carbón, que me dijeron: ¡Danos el
dinero!” y yo les dije: “No tengo ningún dinero”. Porque me había escondido las
monedas de oro en la boca. Y uno de los ladrones quiso meterme la mano en la
boca, yo se la corté de un mordisco; pero al escupirla me encontré con que, en
vez de una mano, era la zarpa de un gato. Y los ladrones echaron a correr detrás
de mí; y yo corre que te corre, hasta que me alcanzaron; Y entonces me colgaron
por el cuello en un árbol del bosque, diciendo: “Mañana volveremos, y estarás
bien muerto y con la boca abierta, y entonces te sacaremos las monedas de oro
que tienes escondidas debajo de la lengua”.
–¿Y dónde tienes las cuatro monedas de oro?–le preguntó el Hada.
–¡Las he perdido!– respondió Pinocho; pero era mentira porque las tenía en el
bolsillo.
Apenas había dicho esta mentira, la nariz del muñeco, que ya era muy larga,
creció más de dos dedos.
–¿Dónde las has perdido?
–En el bosque.
A esta segunda mentira siguió creciendo la nariz.
–Si las has perdido en el bosque– dijo el Hada–, las buscaremos, y de seguro
que hemos de encontrarlas, porque todo lo que se pierde en este bosque se
encuentra siempre.
–Ahora que me acuerdo bien– dijo el muñeco, embrollándose cada vez más–, no
las he perdido, sino que me las he tragado sin querer al tomar la medicina.
A esta tercera mentira se le alargó, la nariz de un modo tan extraordinario que el
pobre Pinocho no podía ya volverse en ninguna dirección. Si se volvía de un lado,
tropezaba con la cama o con los cristales de la ventana; si se volvía de otro lado,
tropezaba con la pared o con la puerta del cuarto, y si levantaba la cabeza, corría
el riesgo de meter al Hada por un ojo la punta de aquella nariz fenomenal.
El Hada le miraba y se reía.
–¿Por que te ríes?– preguntó el muñeco, confuso y pensativo, al ver cómo crecía
su nariz por momentos.
–Me río de las mentiras que has dicho.
–¿Y cómo sabes que he dicho mentiras?
–Las mentiras, hijo mío, se conocen en seguida, porque las hay de dos clases: las
mentiras que tienen las piernas cortas, y las que tienen la nariz larga. Las tuyas,
por lo visto, son de las que tienen la nariz larga.

Sintió Pinocho tanta vergüenza, que no sabiendo donde esconderse, trató de salir
de la habitación. Pero no le fue posible: tanto le había crecido la nariz, que no
podía pasar por la puerta.”

Cuento popular (escrito, no obstante, por Carlo Collodi).

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